Si en la vida real alguien me contará una historia como la de The Beaver, creo que no la creería. Si la veo una película, como es en este caso, simplemente, me desconcierta. No termino de decidirme si la creo o no. Y me parece que en eso reside el encanto de este filme. La trama es tan bizarra como simpática, con personajes tan poco creíbles como adorables. Jodie Foster logra en su tercer largometraje introducirnos en un mundo de sentimientos cruzados. Con dos historias paralelas, donde le cuesta decidirse cual es la principal (y creo que nunca se terminó de decidir), busca generar contrastes, busca que lo que un personaje no puede decir (por incapacidad realizativa a veces, otras por limitaciones propias de los personajes) quede aclarado por su opuesto (esa es la relación que establecen padre e hijo).
El desarrollo de la historia me pone nervioso, sin necesidad de que esto sea algo malo, pero simplemente los personajes dan ganas de ahorcarlos en varias ocasiones y a pesar de que estas acciones que generan, tengan habitualmente efectos positivos, al mejor estilo Forest Gump, el avance de la trama es muy lento. Como narrativa la historia es muy básica, la apuesta es clara al desarrollo de los personajes. Y es en este sentido que veo mucho mejor al hijo (un muy buen Anton Yelchin) que al padre (un impresionante Mel Gibson). Cuando la lógica obligaba, invitaba y permitía jugar mucho más con la psiquis traumatizada del hombre que habla vía un títere de castor. Es por eso, que el desarrollo del personaje de Gibson me parece muy flojo, tanto en sí mismo, como en la historia de su empresa de juguetes. El personaje de Porter me atrae más, pero poco a poco se va perdiendo demasiado en la historia de amor, quizás el lado menos interesante que ofrecía.
La tercera en discordia, no me pega en ningún sentido, ni narrativo, ni como caracterización, y mucho menos, interpretativamente, donde me parece que Jodie Foster puso todas sus energías en dirigir y se le quedó la actuación un poco... bastante... relegada.
Un punto que no suelo comentar pero este caso lo merece es la música. El brasileño Marcelo Zarvos hace un trabajo magnifico, con un estilo por momentos cercano al tango, pero sobretodo, acompañando perfectamente las secuencias.
Un punto que no suelo comentar pero este caso lo merece es la música. El brasileño Marcelo Zarvos hace un trabajo magnifico, con un estilo por momentos cercano al tango, pero sobretodo, acompañando perfectamente las secuencias.
Si uno lee estas líneas dirá: No le gustó nada. Pero es que quizás me encuentro decepcionado con un potencial muy interesante, pero pobremente aprovechado. Y a pesar de todo, remarco ese lugar donde hablaba de contrastes y el encanto que genera. No es una perdida de tiempo verla, pero uno se queda con cierta rabia de notar que se pudo hacer mucho más.

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